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¡Ni olvido, ni perdón!

el julio 28, 2010 en Chile

Le Monde Diplo­ma­tique – Chile

El anun­cio de un prob­a­ble indulto a crim­i­nales direc­ta­mente involu­cra­dos en vio­la­ciones de los Dere­chos Humanos, a crímenes de lesa humanidad, a crímenes de Estado, ha sacado a Chile del letargo infor­ma­tivo inter­na­cional y una vez más la con­cien­cia crítica del mundo observa con estu­por lo que ocurre en el país austral.

Uso la pal­abra estu­por porque es la más liviana para explicar lo que sus­cita una extraña democ­ra­cia regida por una con­sti­tu­ción hecha y legada por una dic­tadura, cuyo único recuerdo posi­ble es el asco y el deseo de que nunca más se imponga una satrapía semejante.

Y más estu­por aún causa que sea la igle­sia católica la que se inmis­cuya en mate­rias que son única y exclu­si­va­mente patrocinio de la sociedad civil, con con­se­jos impreg­na­dos del car­ac­terís­tico lenguaje sibilino de la igle­sia católica.

No soporto a los curas hablando de sexo porque vol­un­tari­a­mente y sigu­iendo un pseudo mandato divino que los remonta al medio­evo, han renun­ci­ado vol­un­tari­a­mente a la sex­u­al­i­dad, con las con­se­cuen­cias gravísi­mas de los miles de casos de ped­ofilia que han asqueado a la sociedad, o con las declara­ciones ina­cept­a­bles como la del obispo de Tener­ife, Bernardo Álvares, el que ase­guró que “hay niños de provo­can y desean el abuso”, o con la ejem­plar con­ducta del fun­dador de los Legionar­ios de Cristo, Mar­cial Macel, que no sólo abusó sex­ual­mente de casi un cen­te­nar de sem­i­nar­is­tas, sino que además tenía una mex­i­canísima “casa chica”, con una supuesta esposa, hijos e hijas, de las que tam­bién abus­aba sexualmente.

Tam­poco soporto a los curas hablando del aborto, porque la igle­sia como insti­tu­ción medieval que es, basa su dis­curso en la degradación de la mujer y pro­pone que toda la exis­ten­cia de la mujer no merece más que dos men­ciones: la vir­ginidad y la maternidad.

Y al hablar de Dere­chos Humanos, si bien es cierto que en Chile un sec­tor de la igle­sia se puso al lado de las víc­ti­mas de la dic­tadura, tam­bién lo es que otro sec­tor, el de los Has­bún, por ejem­plo, no sólo aplaudían y jus­ti­fi­ca­ban los crímenes atro­ces de la dic­tadura sino que la alenta­ban espir­i­tual­mente a ir más lejos, a la aniquilación de los que sufrían, al exter­minio de los que defendían un sueño democrático.

Un país dotado de nor­mal­i­dad insti­tu­cional no pre­cisa del indulto, esa curiosa potes­tad de reyezue­los, sino de nor­mas fijas que ase­guren el impe­rio de la jus­ti­cia. Y mucho menos nece­sita que la igle­sia se arrogue una especie de suprema­cía moral por encima de la vol­un­tad ciudadana.

En Chile costó mucho, demasi­ado, que la jus­ti­cia asum­iera su respon­s­abil­i­dad, juz­gara y con­denara a los respon­s­ables de los crímenes más atro­ces y per­ver­sos de nues­tra his­to­ria como país. Fue largo y difí­cil, y la sociedad tragó sapos, como por ejem­plo, que la may­oría de los asesinos con­de­na­dos esté en cárce­les de lujo y que todavía con­ser­ven sus ran­gos y salarios como miem­bros de las fuerzas armadas. La extraña tran­si­ción chilena, fun­dada sobre un pacto con la dic­tadura que debería aver­gon­zar a todos y todas lo que lo fir­maron, a espal­das de la may­oría, nos sumió en la cul­tura de la aceptación del mal menor, intentó despo­jarnos de la autoes­tima ciu­dadana, nos pro­puso y pro­pone que nos con­formemos con las miga­jas de los que mere­ce­mos. Y eso es jus­ta­mente lo que la igle­sia católica hoy repite al pro­poner un indulto que incluye a crim­i­nales con­fe­sos que, aunque sea en sus cárce­les de cinco estrel­las, deben cumplir ínte­gra­mente sus con­de­nas. Una sociedad que per­dona, olvida o indulta a vio­ladores de los Dere­chos Humanos, a los tor­tu­raron con entu­si­asmo, a los que vio­laron y se ufa­naron de sus acciones, a los que degol­laron opos­i­tores y nunca dieron mues­tras de arrepen­timiento, a los que hicieron desa­pare­cer a más de tres mil com­pa­tri­o­tas y se nie­gan a decir dónde está sus restos, a los que robaron los esca­sos bienes de sus víc­ti­mas, insisto, una sociedad que per­dona estas acciones es una sociedad enferma, es una sociedad que perdió su dere­cho a exi­s­tir como tal, es una sociedad que acepta vol­un­tari­a­mente la impunidad y la barbarie.

La mayor parte de la sociedad chilena dijo NO a la impunidad y dijo tam­bién NO a la pre­var­i­cación. Por des­gra­cia estos rotun­dos NO fueron admin­istra­dos políti­ca­mente por aque­l­los que –y veinte años de gob­ierno lo demues­tran– no tenían ni la inten­ción ni la vol­un­tad de retornar a la nor­mal­i­dad democrática, al impe­rio de la sociedad civil.

Una sociedad sana hace cumplir las leyes, respeta las dis­posi­ciones judi­ciales, garan­tiza la impar­cial­i­dad de los juicios y vela por el cumplim­iento de las con­de­nas. Una sociedad sana se ase­gura a sí misma sacando de la vida civil a quienes han vio­lado todas las nor­mas de la con­viven­cia civ­i­lizada. Una sociedad sana sabe difer­en­ciar entre el ladrón de gal­li­nas y el que ha fun­dado una orga­ni­zación estatal para el exter­minio de los opos­i­tores. Una sociedad sana, ver­dadera­mente sana, les guste o no a los curas y a Piñera, se rige nece­sari­a­mente por la máx­ima del Conde de Mon­te­cristo: Ni Olvido ni Perdón.

Don Fran­cisco Javier Errázuriz alude a la necesi­dad de una “jus­ti­cia con clemen­cia” o de una “ jus­ti­cia basada en la mis­eri­cor­dia”. ¿No le parece sufi­ciente clemen­cia que los que suf­rimos hayamos desechado la idea de reim­plan­tar la pena cap­i­tal en Chile? ¿No le parece sufi­ciente mis­eri­cor­dia que todavía esper­e­mos un perdón dicho en voz alta y bien pro­nun­ci­ado, por el ejército y por el Estado chileno? ¿No le parece que somos muy jus­tos al per­mi­tir que crim­i­nales como Manuel Con­tr­eras o Miguel Kras­nof estén en cárce­les de lujo y sean med­ica­dos por sus deolencias?

Hay una máx­ima, real o no, que dice: “al César lo que del César y a Dios lo que de Dios”. Que el gob­ierno de Piñera y la igle­sia sepan: los chilenos, en mate­ria de Dere­chos Humanos dec­i­mos NO al Indulto. No al Per­don­azo. No a la Amne­sia como razón de Estado. Con todas sus letras y en voz alta, la sociedad chilena grita ¡Ni Olvido ni Perdón!

www.lemondediplomatique.cl/Ni-Olvido-ni-Perdon.html

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